El nuevo libro de Mariana Delponte, Dramas postmodernos, salió por el no tan lejano 2025. En octubre para ser precisos. Hoy, lejos de la clásica merma después del estreno, el libro y la autora se presentaron en la Feria del libro de Buenos aires.

Por Ezequiel Olasagasti.
Todos creemos saber lo que significa “postmoderno” o “posmoderno”. Nos sentimos parte de eso (para bien o mal) e incluso hay quienes se sienten que lo han superado. Pero ¿de verdad lo sabemos? Tal vez, para estar seguros, deberían leer este libro y entenderlo mejor. La autora plasma ese concepto de la mejor manera, con conflictos. La palabra dramas no es puesta al azar, son la fotografía de esa cotidianidad que nos envuelve y termina siendo todo para nosotros. Desde el duelo que la vida nos avienta y no podemos manejar, hasta el problema ínfimo que hace nido en nuestra cabeza y crece a fuerza de sobre pensar.
Y es lógico que, en este sobre pensar, el libro no deje ningún detalle a la marchanta. Esto regala muchos bonus. No soy de resaltar la estética de un libro, pero en este caso es necesario. Todos los detalles de “Dramas postmodernos” son parte del concepto de la obra.
La tapa, la calidad del interior, el tipo de letra, las canciones que se agregan, los paratextos que nos llevan a otros formatos. Puntos extras para el cuento final que provoca que, en el colectivo, todos te miren porque no saben qué estás haciendo. Algo que va a pasar, porque es un libro de cuentos (algunos cortos) ideales para leer en el transporte público. Mientras tratamos de olvidar un poco nuestros dramas.
Las historias están atravesadas por lo psicológico. Desde los personajes que creen en los psicólogos, los que no y hasta los que se sobre analizaron. Otra vez el “Sobre algo”. Una repetición. Una cinta de moebius que es también una característica de la autora. Un estilo que presente en su libro anterior “Paseo en loop”. Así como también los conocidos finales de Mariana que, más que “A lo O´Henry”, son “A lo Delponte”.

Veinte relatos ¿veinte relatos? Y me hago la pregunta porque después de leer el prólogo y la introducción no sé si no son más. Pero, bueno, “Dramas postmodernos” tiene veinte relatos que, a pesar que se hermanen en concepto, no temen ir por un montón de lados distintos. Desde los géneros que abarca: realismo, realismo mágico, historias hechas de pura hipérbole. La sátira a la banalización permanente de la maldad que nos bombardea todo el tiempo en este presente comunicacional. Aplica el comentarios feminista sin trazo grueso e incluso un tiro por elevación a lo políticamente correcto. La cuestión es que, cuando la sutileza se maneja bien, nadie termina de entender del todo a quien le pegaron.
Algo que me encanta de las historias es cuando los personajes hablan. En estos “Dramas postmodernos” no se hace solo desde los diálogos. También como narradores en primera persona y con los monólogos internos de ese “Sobre pensar” que domina. Algo que me recuerda a algunas historias de Milan Kundera. Personajes que hacen un soliloquio de 200 palabras en su cabeza para solo terminar diciendo “Bueno” a su interlocutor en la historia. Una exageración llevada al extremo que, a veces, genera risa y otras preocupación por sentir que hacia allá vamos. O peor, que un poco somos.
No son solo monólogos de gente rota viendo un mundo más roto de lo que en realidad está. Es casi la excusa de la autora para lanzar mini ensayos sobre la vida desde las bocas de sus personajes. Los quiero mucho “Conocés el sistema” y “Dios y las tortugas”.
El libro tiene valentía. No solo por las historias. Tal vez algunas no son recomendables para los de cancelación fácil. Es valiente por exigir al lector. Lo obliga a imaginarse todo lo que no se dice, ni se piensa, pero está ahí. Lo obliga a desenredar los finales. A descubrir si el cuento sabe que es un cuento. Y, hablando de lo estructural, lo obliga a prestar atención en lo que narra cada historia. Sería muy fácil poner un aviso. Acá las cosas son más indirectas: El título, el epígrafe, el lugar donde se desarrolla la historia, el nombre de una canción.


Paso a concluir. No sin antes hablar que, si llegaste hasta acá, seguro esquivaste un elefante gigante en la habitación “¿Acaso escribiste una reseña del libro de tu esposa?”, se preguntaran. La respuesta es sí. Como Bioy debió hablar de la obra de Ocampo. Claro, yo nos soy Bioy, ni Mariana es Ocampo (todavía). Recuerdo leer que la escritora italiana, Elsa Morantes, cuando alguien hablaba mal de su ex esposo, Álvaro Morantes, Ella decía (parafraseo): “Si no escribiste algo mejor que “Los indiferentes” no podés ni hablar de él”.
En conclusión, “Dramas postmodernos” es un gran libro de cuentos. Con relatos de varios géneros y estilos donde, sin embargo, predomina la introspección, la primera persona, la psiquis y lo cotidiano. Recuerda a la tragedia de Quiroga, lo lúgubre de Poe o de Samanta Schweblin y la literatura del yo popularizada en los últimos años en la Argentina. Los problemas de la vida pueden no ser siempre gigantes, pero duelen como si lo fueran. Hay demonios que son pequeños, mas demonios son igual.
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