La mecha que arde [opinión]

Esta semana volvieron a encenderse las alarmas sobre el problema del racismo en el mundo del fútbol. El hecho se dio en uno de los eventos deportivos más vistos como es la UEFA Champios League, en el partido entre Rael Madrid y Benfica. En esta nota de opinión, el periodista Agustín Palmisciano nos habla sobre los peligros de que esto siga sucediendo dentro de las canchas.

racismo fútbol

Por Agustín Palmisciano

Cuando estaba en el secundario, un amigo ideó una travesura: dejó una vela encendida junto a un petardo en uno de los inodoros del baño de varones. La idea era simple y arriesgada a la vez: que la cera se consumiera lentamente hasta tocar la mecha y detonar. Yo estaba en el baño, sin tener la menor idea de lo que ocurría, cuando estalló. Creyeron que yo había sido el responsable y casi me echan.

Pero lo que quedó grabado no fue la explosión, sino la frase de una preceptora a mi compañero —supe después que había sido él—: “Sé que fuiste vos, pero no lo puedo probar”. Esa línea —tan escolar y mundana— volvió a mi mente esta semana, cuando un gesto mucho más grave, en un estadio, puso al fútbol frente a la misma imposibilidad de probar lo evidente, aquello que todos vemos y sabemos.

Durante el partido entre Benfica y Real Madrid, Nicolás Prestianni, ex Vélez, protagonizó un insulto racista contra Vinícius Jr. Las cámaras lo muestran cubriéndose la boca con la camiseta mientras intercambia palabras con el brasileño. No hay audio. No hay prueba concluyente. Pero el gesto, el contexto y la reacción de Vinícius dejan claro lo que sucedió.

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François Letexier, arbitro del encuentro, levantó las manos en cruz y activó el protocolo de racismo. Vio la repetición, buscó a Nicolás Prestianni —figura del Mundial Sub-20, que se fue apurado de Vélez y ya debutó en la selección mayor— y pareció decirle lo mismo que aquella preceptora: “Sé que lo hiciste, pero no puedo probarlo”.

Estas situaciones pueden derivar en sanciones severas, como la suspensión del partido. En otros casos, la respuesta es simbólica, como pedirle a la hinchada que “cante más bajito”, o limitarse a una sanción parcial post partido. Pero también, quedar en la nada.

En tiempos de repeticiones en alta definición, micrófonos de campo y redes sociales que amplifican todo, el racismo en el fútbol aprendió a hablar en susurros. Ya no necesita el grito cavernario de la tribuna; se esconde detrás de una mano o una tela, como un gesto que busca eludir la evidencia y queda perdido en los márgenes del glamour al que llamamos Champions League. Y mientras esto sucede en los estadios, en el mundo crecen las manifestaciones de racismo, invisibles y visibles a la vez, como un eco.

Lo que vino después fue el libreto habitual: explicación, relativización. “Pasó porque Vini festejó el gol frente a los hinchas”, deslizaron algunos, entre ellos el propio José Mourinho, —DT del Bénfica— que dejó entrever que ciertas provocaciones generan reacciones. En otras palabras: la vieja lógica del “algo habrá hecho” vuelve a aparecer.

Pero la pregunta persiste: ¿Dónde tiene que festejar un gol un visitante en un estadio con mayoría local? ¿Cómo tiene que hacerlo? ¿Con la cabeza gacha, pidiendo permiso? El fútbol es espectáculo, competencia, emoción desbordada. Celebrar un gol no es una afrenta, es parte del juego. Si cada festejo encendiera la licencia para el insulto, el deporte se reduciría a un escenario para liberar lo peor.

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Vinícius Jr conoce este terreno. Lo ha transitado en España, y lo denunció en múltiples ocasiones. Cada episodio no es aislado: es un capítulo más de una trama que el fútbol no logra —o no quiere— erradicar.

Y ahí surge otra dificultad, aún más silenciosa que probarlo: frenarlo. Jugadores que se van de sus casas a los 16 o 17 años, y que se enfrentan a un micrófono a los 18 y a una fama que crece más rápido que sus pasos. Pasan de la nada a todo, reciben aplausos de un público cada vez más grande, y la mecha se enciende sola. El estallido llega sin avisar.

La historia del petardo cobra un sentido literal y simbólico. En la escuela, nadie pudo demostrar quién dejó la vela junto a la mecha hasta el final de quinto año, cuando mi amigo, que me había pedido disculpas porque casi me echan, buscó a aquella preceptora y le confesó: “Fui yo”.

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En el fútbol, la mecha arde igual de despacio. Todos sabemos cómo funciona: combustión lenta, estallido inevitable, silencio posterior. Se enciende en un gesto mínimo, en una palabra que se tapa a tiempo, en una justificación que busca invertir la carga. Y explota en un debate que se repite: qué toleramos, qué minimizamos y qué decidimos sancionar.

Tal vez la diferencia entre aquel baño de secundaria y un estadio europeo sea la escala. Pero el mecanismo es idéntico. La vela siempre parece inocente hasta que el petardo estalla. Y cuando el humo se disipa, algo queda en el aire.

Pude probar aquel día que no había puesto el petardo. ¿Por qué habría preparado algo estando allí, si la idea era que ocurriera mientras no estuviera? A mi amigo no lo delatamos y hoy nos reímos de la anécdota. Una cosa es una travesura de chicos; otra, un joven que insulta racialmente escondiéndose detrás de una camiseta. En este caso, el problema no es solo probarlo, sino frenar.

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