“Sanguijuelas”, un cuento de Flavia Carballo

Flavia Carballo es lectora y poeta. Su cuento “Sanguijuelas” fue elegido en nuestra convocatoria en la categoría “Narrativa”.

Flavia Carballo

Flavia Carballo es de Entre Ríos, pero vive ya hace un tiempo en Buenos Aires. Su faceta nómade la llevó a ser parte del Centro Editor Municipal de San Martín de los Andes. Participó así en varios proyectos literarios junto a otras escritoras patagónicas. Tiene un poemario llamado llamado “Pascalia” que publicó con la editorial Charco.

Flavia Carballo

Aquí dejamos su cuento “Sanguijuelas”

Sanguijuelas

Debí parar cuando nació Joaquín. Después de tantas visitas al médico, inyecciones tormentosas en lugares a los que solo un espéculo podía llegar, reproches por estar seca, casi muerta en vida, debí parar. Mi hijo tan querido, el pedazo de corazón que me faltaba. ¿Qué iba a hacer con una madre tan maldita como una peste, tan marchita y sola? Pedazo mío de mi corazón. Mío eternamente.

Mi niño no me tenía miedo, desde muy chiquito aprendió a socorrer a su madre, a alcanzarle el bisturí, avisar cuando el padre se iba, trabar la puerta de la habitación y no salir hasta que no dejara de escuchar los espasmos guturales y apareciera frente a él con un vaso gigante de chocolatada y tostados de jamón y queso que yo le veía engullir como un animalito ansioso. Aprendió a distraer a su padre mientras la abominación de la casa se recuperaba de su pequeño ritual, de la cotidianeidad de su perversión, a tener lista su mochilita con su ropa y cepillo de dientes, a discar el teléfono de la casa de su abuela si no me despertaba. Él y yo éramos puro amor.

Veía su cuerpito recorrer los pasillos de la casa como un enfermero en busca de todo lo necesario; mamita hermosa no te lastimes, no sangres, no llores; ponía sus manitos sobre mis mejillas y clavaba esos ojos inmensos con pestañas “de vaca” para que entrara en razón, para que jugáramos a las escondidas o en la hamaca que habíamos instalado en el jardín solo para él, para mi niño ojos de vaca.

Vos y tu hijo de fantasía, de plástico, de laboratorio se van a morir solos acá; vos lo vas a matar, vas a enredar esas manos de perra moribunda alrededor de su cuello y lo vas a apretar tanto que su cerebro va a estallar como una piñata de látex barato. Vos estás maldita y esta casa también; tenía razón tu madre cuando me lo advirtió, debí notar las sonrisas ahogadas de tus hermanas cada almuerzo de domingo; ojo cuñado, ojo yernito, te llevaste la joya de la familia, cuidá tus mascotas, cuidate vos y que dios no quiera tengan hijos, dios santo, no. No importa, mamita, yo sí me voy a quedar. Vamos al jardín, mamita, vamos a la hamaca.

Joaquín acomodaba su inocencia sobre mis rodillas huesudas como una cama de clavos que se astillaban en su colita; su cuerpo apretado al mío, su espaldita perfecta y el perfume a transpiración de su nuca que se mezclaban con el olor a salitre que se desprendía de mi piel. El hijo perfecto que mamó de las depravaciones de su madre, bramando cada tres horas por esta leche sanguinolenta que lo va a maldecir hasta el último de sus días. Pobre, hijo mío, pobre y santo.

La abundancia me abandonó mucho, mis piernas regordetas como tronco, decía mamá, desaparecieron entre corte y corte, entre piel arrancada y tijeras y días sin comer ni tomar agua. Nadie quiere a una gorda en su vida.

Hacé como tus hermanas, no cenes y si lo hacés, metete los dedos para purgarte que yo no quiero hijas gordas con bustos redondos y gigantes. Mirá esa celulitis, se te está cayendo el culo y la piel de los brazos te aletean como esas moscas de las frutas. Tomá, empezá por las sanguijuelas, ellas chupan la sangre mala, el gen maldito que heredaste de tu padre y al fin vas a poder ser parte de la familia, vas a ir de compras con tus hermanas y compartir los vestidos y pasarse los novios y mirarte al espejo sin sentir náuseas.

Tu abuela lo hizo y tenía la mejor figura del pueblo, yo lo hice y paraba los autos solamente con salir de casa. Esos bichos, al final, no te hacen nada; hacete una sangría. La hija de Estela lo hizo y mirala, llena de pretendientes, invitaciones al jockey club y blusas diminutas que le dejan las tetas en el cuello. Intentá, no soporto verte así. Yo jamás te diría eso mamita, nunca, nunca.

Aún me quedan unos pocos pelos en la cabeza que me recuerdan a una muñeca negrita que mamá me regaló para la comunión pero que a los días se arrepintió de dármela porque había escuchado que esas cosas estaban malditas y se movían después de la medianoche y les quitaban el alma a los niños. Así que me la arrancó de las manos y la echó al fuego y los pelitos se le chamuscaron en milésimas de segundo; rescaté la cabeza y la guardé como un tesoro en mi placard, como si de alguna manera esa pelota de goma arrugada fuera un presagio, el advenimiento de lo peor de este mundo.

Ya casi no tenía dientes, eran agujitas de punta negra y filosa, la piel árida y fría, apenas tenía carne en los brazos y el abdomen; ¡ay, el abdomen, mi parte favorita! solo uso su piel cuando Joaquín quiere jugar afuera y necesito fuerzas para seguirle el ritmo. Es la parte más preciada y deliciosa, el hogar que fue de mi hijito, el trozo de cuerpo que más feliz me hizo.

¡Mamita, mamita! ¿viste esto? Joaquín camina marcha atrás ladeando el lomo como un perro que acaban de bañar, sus piernitas se tropiezan tratando de llegar a mí, palmea su coxis y levanto su remera. Una herida. Una herida en un cuerpo bello y tierno, un cachorrito que me busca para mostrar lo que hizo, lo que inventó, la única travesura a la que se animó en todo este tiempo.

La sangre brillaba como una luz muerta, la carne y la piel se negaban a ceder por completo, adheridas entre sí por filamentos que se resistían; bajo mis dedos, el tejido cedía y se abría, volviéndose poroso.

Joaquín, sin siquiera girarse, asintió dándome permiso y bastó sólo eso para despertar al monstruo. Tomé esa porción de carne y la apreté como a un quiste maduro, un chasquido húmedo llenó de plasma mis dedos y lamo. Lamo y muerdo. Lamo y saboreo. Lamo y soy feliz. Así, mamita, mirá.

Mi niño ojos de vaca, con una calma escalofriante, sacó de su shortcito el bisturí y su manito acompañó la mía hasta la base de la columna, buscando el hueso. Ahí, mamita, justo ahí. ¿Viste, mamita? Ya soy como vos.

Flavia Carballo

Flavia Carballo: soy lectora y poeta. Nací en Entre Ríos pero hace un tiempo vivo en Capital Federal. Publiqué mi primer poemario “Pascalia” con la editorial Charco que a su vez, resultó seleccionado en el Ciclo de “Poesía Ya” del Centro Cultural Kirchner. Fui parte del Centro Editor Municipal de San Martín de los Andes. Participé en varias antologías como “Nos queda el mundo” de la Colectiva de escrituras patagónicas y en “Panorama Contemporáneo de Poesía de Neuquén” del Fondo Editorial Neuquino y en otras publicaciones digitales como la revista “El Ganso Negro” y el Colectivo “Write like a girl.”

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